CENTRO DE LA DIMENSIÓN SOCIAL DE LA EVANGELIZACIÓN
TEMA: ¿QUÉ ES LA DIMENSIÓN
SOCIAL DE LA EVANGELIZACIÓN? Parte IV
OBJETIVO: Descubrir el verdadero sentido de la dimensión
social de la evangelización como el corazón del Evangelio y su fundamento en el
magisterio de la Iglesia, profundizando en el llamado a una experiencia
cristiana generadora de transformación social.
FUNDAMENTACIÓN BÍBLICA: Éxodo 3, 7-8.10
«El Señor le dijo:
—He visto la opresión de mi pueblo
en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus
sufrimientos. Y he bajado a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta
tierra para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y
miel, el país de los cananeos, hititas, amorreos, fereceos, heveos y jebuseos.».
MAGISTERIO DE LA IGLESIA: Exhortación
Apostólica Evangelii Gaudium. Capítulo 4.
Siguiendo
con el estudio de la exhortación apostólica nos introducimos a nuestro segundo
apartado, la inclusión social de los pobres.
De nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a
los pobres y excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los
más abandonados de la sociedad.
Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser
instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera
que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles
y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo. Basta recorrer las
Escrituras para descubrir cómo el Padre bueno quiere escuchar el clamor de los
pobres: «He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado su clamor
ante sus opresores y conozco sus sufrimientos. He bajado para librarlo […]
Ahora, pues, ve, yo te envío…» (Ex 3,7-8.10), y se muestra solícito
con sus necesidades: «Entonces los israelitas clamaron al Señor y Él les
suscitó un libertador» (Jc 3,15). Hacer oídos sordos a ese clamor,
cuando nosotros somos los instrumentos de Dios para escuchar al pobre, nos
sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto, porque ese pobre
«clamaría al Señor contra ti y tú te cargarías con un pecado» (Dt 15,9).
Y la falta de solidaridad en sus necesidades afecta directamente a nuestra
relación con Dios: «Si te maldice lleno de amargura, su Creador escuchará su
imprecación» (Si 4,6). Vuelve siempre la vieja pregunta: «Si
alguno que posee bienes del mundo ve a su hermano que está necesitado y le
cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?» (1
Jn 3,17).
Recordemos también con cuánta contundencia el Apóstol
Santiago retomaba la figura del clamor de los oprimidos: «El salario de los
obreros que segaron vuestros campos, y que no habéis pagado, está gritando. Y
los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos»
(5,4).
La Iglesia ha reconocido que la exigencia de escuchar
este clamor brota de la misma obra liberadora de la gracia en cada uno de
nosotros, por lo cual no se trata de una misión reservada sólo a algunos:
«La Iglesia, guiada por el Evangelio de la misericordia y por el amor al
hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responder a
él con todas sus fuerzas». En este marco se comprende
el pedido de Jesús a sus discípulos: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mc 6,37),
lo cual implica tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de
la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres, como los
gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas
que encontramos. La palabra «solidaridad» está un poco desgastada y a veces se
la interpreta mal, pero es mucho más que algunos actos esporádicos de
generosidad. Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de
comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes
por parte de algunos.
La solidaridad es una reacción espontánea de quien reconoce
la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como
realidades anteriores a la propiedad privada. La posesión privada de los bienes
se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien
común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle
al pobre lo que le corresponde. Estas convicciones y hábitos de solidaridad,
cuando se hacen carne, abren camino a otras transformaciones estructurales y
las vuelven posibles. Un cambio en las estructuras sin generar nuevas
convicciones y actitudes dará lugar a que esas mismas estructuras tarde o
temprano se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces.
A veces se trata de escuchar el clamor de pueblos enteros,
de los pueblos más pobres de la tierra, porque «la paz se funda no sólo en el
respeto de los derechos del hombre, sino también en el de los derechos de los
pueblos». Lamentablemente, aun los derechos
humanos pueden ser utilizados como justificación de una defensa exacerbada de
los derechos individuales o de los derechos de los pueblos más ricos.
Respetando la independencia y la cultura de cada nación, hay que recordar
siempre que el planeta es de toda la humanidad y para toda la humanidad, y que
el solo hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o menor
desarrollo no justifica que algunas personas vivan con menor dignidad. Hay que
repetir que «los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para
poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los demás. Para hablar
adecuadamente de nuestros derechos necesitamos ampliar más la mirada y abrir
los oídos al clamor de otros pueblos o de otras regiones del propio país.
Necesitamos crecer en una solidaridad que «debe permitir a todos los pueblos
llegar a ser por sí mismos artífices de su destino», así como «cada hombre está
llamado a desarrollarse».
En cada lugar y circunstancia, los cristianos, alentados
por sus Pastores, están llamados a escuchar el clamor de los pobres, como tan
bien expresaron los Obispos de Brasil: «Deseamos asumir, cada día, las alegrías
y esperanzas, las angustias y tristezas del pueblo brasileño, especialmente de
las poblaciones de las periferias urbanas y de las zonas rurales —sin tierra,
sin techo, sin pan, sin salud— lesionadas en sus derechos. Viendo sus miserias,
escuchando sus clamores y conociendo su sufrimiento, nos escandaliza el hecho
de saber que existe alimento suficiente para todos y que el hambre se debe a la
mala distribución de los bienes y de la renta. El problema se agrava con la práctica
generalizada del desperdicio».
Pero queremos más todavía, nuestro sueño vuela más alto. No
hablamos sólo de asegurar a todos la comida, o un «decoroso sustento», sino de
que tengan «prosperidad sin exceptuar bien alguno». Esto implica
educación, acceso al cuidado de la salud y especialmente trabajo, porque en el
trabajo libre, creativo, participativo y solidario, el ser humano expresa y
acrecienta la dignidad de su vida. El salario justo permite el acceso adecuado
a los demás bienes que están destinados al uso común.
CRUCIMISION
Encuentra las 12 palabras más significativas de esta
lectura y en un momento de oración, pídele al Señor, te permita fortalecerlas
en tu vida y ayudar a que otros hermanos en Cristo, las descubran.
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